miércoles, 16 de septiembre de 2026

Los cines en la Ciudad de Chiclayo

Luces, sombras y nostalgia: Historia y memoria del cine en la ciudad de la  Amistad  y  capital de la Gatronomia Peruana

La historia del cine dio sus primeros pasos en París en diciembre de 1895. Apenas dos años después, en febrero de 1897, la magia del cinematógrafo de los hermanos Lumière llegó al Perú, proyectándose por primera vez en la emblemática Confitería Jardín Estrasburgo (actual Club de la Unión), en Lima. Mientras la Belle Époque deslumbraba a las grandes capitales del mundo industrializado y a la propia Lima con innovaciones tecnológicas impensadas, en Chiclayo el séptimo arte despertaba una fascinación singular: empezó provocando asombro y sorpresa para convertirse, muy pronto, en la ventana predilecta que conectaba a los chiclayanos con el resto del planeta.

Según recoge la investigación Historia del Cine en Chiclayo, las primeras proyecciones locales anteriores a 1918 tenían un carácter casi místico. Se realizaban al aire libre, los sábados y domingos por la tarde, desplegando un gran telón blanco en el atrio de la catedral.

Con el paso de los años, las proyecciones itinerantes dieron paso a salas emblemáticas que marcaron la arquitectura y la vida cultural de la ciudad:

  • Cine Olimpo (1918): Ubicado en la novena cuadra de la calle San José.
  • Cine-Teatro Dos de Mayo: Administrado por el reconocido empresario Alejandro Lora en la calle Alfredo Lapoint.
  • Cine Pathé: Perteneciente a don Francisco Cúneo Salazar, que más tarde pasaría a llamarse cine Royal y, finalmente, cine Colonial en la calle San José.
  • Cine Gaumont: Inaugurado poco después del Pathé.

En su obra Del Chiclayo que se fue, el historiador Miguel Díaz Torres evoca la mística del cine mudo de aquellos primeros años del siglo XX:

«El cine era mudo y se dividía en tres funciones: Vermouth, primera y segunda tanda, y noche. Cada cine tenía un timbre con el que llamaban quince minutos antes de empezar. Además, contaban con un piano y su respectivo pianista; recuerdo mucho a la pianista del Gaumont, una dama chilena llamada Rebeca Silva Renar de Cassanova...»

La época de oro continuó a mediados del siglo XX con la inauguración del cine Tropical (1945), impulsado por la familia Pardo, y del cine Iris, administrado por el Sr. Alfredo Ballesteros en la calle 7 de Enero. A ellos se sumaron el cine Norte (inaugurado el 2 de febrero de 1949 en la cuadra 13 de la calle Vicente de la Vega), el cine Elba (fundado en 1954 en el distrito de José Leonardo Ortiz) y el cine Sur (fundado en 1959 bajo la administración del Sr. Luis Cortés).

En 1960 abrió sus puertas el cine Tumi, en la cuadra 12 de la avenida Luis Gonzales, lugar donde décadas más tarde (2002) funcionaría el multicine Primavera. Por su parte, el recordado cine San Antonio mutó posteriormente a cine Oro y hoy acoge al auditorio episcopal «San Antonio de Padua» de los padres Franciscanos. La modernización de las salas dio un giro definitivo en 2006 con la llegada de las salas de Cineplanet, vigentes hasta la actualidad.

El fervor cinematográfico no fue exclusivo de la capital provinciana. Distritos y haciendas como Cayaltí, Tumán, Chongoyape, Pátapo, Pomalca, Eten y Ferreñafe —donde destacó el cine Motupe, administrado por José María Cabrejos— vivieron la misma fiebre cultural, además de las proyecciones al aire libre que convocaban a muchedumbres en diversos centros poblados.

Imposible no recordar los domingos de matiné en la década de 1970. Niños y jóvenes, luciendo con orgullo el «traje dominguero», formaban largas filas frente a las boleterías para disfrutar del cine mexicano, entusiasmándose con producciones como La niña de la mochila azul o las comedias inmortales de Cantinflas, Capulina y Chespirito.

Aunque la tecnología actual ha perfeccionado la definición, el color y el sonido, la experiencia de aquellos antiguos cines chiclayanos guarda un encanto irrepetible. Esas salas fueron testigos silenciosos de primeros besos, confesiones de amor y travesuras juveniles. Ir al cine «en patota», silbar a coro cuando la cinta se interrumpía o reclamar cuando se encendía la tímida bombilla del recinto son recuerdos imborrables de un Chiclayo entrañable que vive en nuestra memoria colectiva y que estamos llamados a preservar.

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